Diosel abrió sus ojos, como todos los días,
lo hizo como un proceso natural, como si un ángel lo hubiera rozado con un ala,
dejando la sala antes de que él despertara. Permaneció unos minutos inmóvil,
mirando el cielorraso que cubría su modesto hogar. El hecho de estar sosegado
en la cama y de la quietud, que era interrumpida únicamente por su profunda respiración,
lo obligaba a pensar en retirarse, en dejar todo de una vez por todas. Este
pensamiento lo turbaba, no porque no supiera cómo hacerlo, sino porque no sabría
cómo continuar viviendo si dejaba de hacer aquello para lo que había nacido.
Esa era su misión, desde siempre, era un héroe y no podía dejar de serlo.
Mientras meditaba, el crujido de la mesa que
se encontraba al costado de su cama llamó su atención, y él aprovechó la
situación para escapar al acoso de ese fantasma que lo atormentaba hace meses.
Alzó su brazo para tomar el reloj que estaba al alcance de su mano, sobre un
mueble viejo. Eran las 6 PM. Decidió abandonar su lecho y descubrió su cuerpo de
las mantas que cortaban el frio que invadía la habitación.
Era una tarde helada, de esas que
acobardaban a los débiles, pensó. Se alzó en pie y se dirigió lentamente hacia
el armario. Abrió una pequeña puerta y sacó una botella de aguardiente. Era un
regalo de un amigo suyo, Francisco. Él le proveía una botella todos los meses,
en señal de gratitud por haberle salvado la vida en una ocasión y sabía que a
Diosel le ayudaba a sacudirse el frío en tardes como estas.
Mientras llevaba la pequeña copa hacia sus
labios, recordó a su esposa. Cuando estaba viva ella renegaba de ese hábito y
le decía que el alcohol era como una ruleta
rusa; nunca se sabía cuándo una pequeña copa podría quitarle la vida. El
recuerdo de su esposa produjo un sabor agridulce al tragar la bebida.
- ¡Carmencita, si es una ruleta rusa, al
menos en este juego he tenido mucha suerte! Respondió murmurando, como lo hacía
siempre cuando ella estaba.
Diosel tenía unos 75 años, ostentaba una
presencia imponente, y a pesar de su edad transmitía una fortaleza increíble. Era
un hombre alto, de un metro ochenta y cinco centímetros. Si bien era bastante
delgado, su cuerpo tenía una contextura fuerte y sólida.
Su rostro era blanco, casi pálido. Unas ojeras
hinchadas y bien definidas, enmarcaban sus grandes y cansados ojos, de un azul
intenso. Al contemplar ese azul tan puro, tan nuevo; uno lograba abstraerse del
resto y juraría estar frente a un joven de veinte años, lleno de vida
impetuosa. Su cabello era de un gris blancuzco al igual que su barba gruesa y
tupida. Cada semana se retocaba la barba, dándole una forma puntiaguda en la
zona del mentón. Esto lo investía de una autoridad griega, sabia y milenaria.
Al verlo caminando, vestido con su traje y su boina de estilo vasco; generaba
una sensación única. Nadie pasaba por su lado sin si quiera mirarlo una vez.
Muchas veces, las personas permanecían varios segundos observándolo,
pretendiendo desentrañar el misterio que este personaje tan extraño llevaba
consigo. Nadie lo lograba.
Aún sentía el líquido quemando su glotis, cuando
posó la pequeña copa sobre la mesa, junto a la botella. Entró al baño y se lavó
el rostro con el agua helada que brotaba del grifo. Se colocó la toalla sobre
el rostro por un momento, prolongando unos segundos más el descanso que había
tomado y del cual, al parecer, todavía no había despertado totalmente. Luego se
aplicó cuidadosamente la espuma sobre el rostro y con una navaja perfectamente
afilada, comenzó a retocar su barba devolviéndole la pulcritud habitual. El
silencio en la pequeña habitación lo obligaba a oír cada pequeño detalle. La
cuchilla simulaba el sonido del corte de una espada que arrasaba con todos los
cabellos nacientes como si fuesen soldados devastados, cercenados con
implacable precisión. Diosel continuaba rasurándose con una cadencia ritual, como
si estuviese tocando el violín.
Francisco sacudió la puerta con excesiva vehemencia,
como siempre lo hacía ¡Bum, bum, bum! Sin duda el peso de sus brazos
extremadamente robustos, le impedían llamar a la puerta con delicadeza, como
Diosel se lo había solicitado incontables veces. El potente estruendo fue tan
inesperado e inoportuno que desvió el curso normal de la afilada navaja,
produciéndole un corte en el pómulo izquierdo. No tomó la toalla para impedir
la hemorragia; por el contrario, permaneció inmóvil ante el espejo, observando
con exasperante calma el desafortunado espectáculo. La sangre brotó lentamente
y descendió hasta llegar a la línea tupida de cabellos blancos, donde detuvo su
marcha vertiginosa. La sangre penetró en su barba y se propagó en forma de
bocanada, como si hubiese caído sobre un montículo de blanca nieve. El hecho de
estar de frente al espejo observando cómo la sangre trazaba un surco definido
en su rostro lo transportó al pasado; a aquella noche en la cual todo comenzó.
El recuerdo de esa noche permanecía intacto en su memoria, sin embargo, había
sido impreso en su mente de una manera tan misteriosa y trascendental, que no
le permitía afirmar si esa noche había existido realmente. Sin ninguna prueba
en su poder – salvo la pequeña cicatriz en su rostro, que con el paso del
tiempo se había tornado casi imperceptible – Diosel había decidido arbitrariamente que todo
aquello había sucedido.
Fue la noche del 24 de marzo de 1956.
Diosel era un joven de veinte años, lleno de entusiasmo por la vida, con una
carrera diplomática por delante. Se encontraba en Roma Su padre era diplomático
y estaban ahí por su trabajo. Antes de dejar el lujoso apartamento, el joven avisó
a su padre con un grito falto de interés por la respuesta:
– ¡Papa, me voy, vuelvo tarde!
Extrañamente, su padre contestó a su aviso,
con un inusual tono inquisidor.
– ¿Adónde vas hijo, a qué hora regresas?
El joven alzó los ojos al cielo, en señal
de fastidio y suspiró amargamente por tener que dar explicaciones a su edad.
Decidió responder sin decir realmente nada. Sólo para sentir la reconfortante
sensación de que había burlado la autoridad de su padre.
Francisco no volvió a llamar a la puerta,
sin embargo, Diosel sabía que él permanecía allí. Su obeso amigo sabía que el
viejo abría la puerta cuando decidía hacerlo y no como consecuencia del
llamado.
Con una sonrisa maquiavélica en los labios,
se decidió a partir. Tocó la mezuzá
que su madre había colocado en el marco de la puerta, el día mismo en que
habían llegado a ese lugar. Martha, su madre, era una de esas alemanas de origen
judío de un gran fervor. Aunque su padre, Joseph era católico; Diosel siempre
había sentido atracción por el credo materno, tenía en su alma todas las
semillas espirituales que su madre había sembrado asiduamente a través del amor
y la oración. Martha había muerto cuando cuándo Diosel era apenas un niño,
dejando un recuerdo vago y efímero en la mente del joven. Sin embargo, siempre
había sentido un gran amor por su madre y todos los días hacía cosas que
regrababan su presencia en el cúmulo de los recuerdos.
Afuera estaba oscuro y melancólico como
siempre. Ese era el paisaje nocturno que caracterizaba a esa ciudad. La noche
parecía tomar control de cada recoveco existente en las calles. Daba la
sensación de ser absorbido por las tinieblas. El ambiente era similar a bajar a
un sótano completamente oscuro y mudo; habitado por numerosos seres, quienes
delataban su existencia por la única razón de producir ruidos; consecuentes con
la intromisión de un personaje indeseado en su mundo negro y agónico.
Era una de esas noches gélidas, de esas que
acobardaban a los viejos, pensó el joven. Se ajustó con fuerza el abrigo a su
pecho, para producir la sensación de estar protegido contra el frío, contra la
noche y sus trampas. Cruzó la avenida principal que lindaba el apartamento con
rapidez, lanzando fugaces miradas a través del recodo de sus ojos para
cerciorarse de estar tan sólo como lo percibía. Luego de caminar durante diez
minutos, sintió que sus manos comenzaban a helarse, pero no quiso meterlas en
los bolsillos de su gabán. Prefería dejar sus puños por fuera, en caso de que
existiera la necesidad de usarlos. La realidad es que sentía un gran temor, y
el hecho de pensar que podía defenderse, le otorgaba cierta seguridad a su
andar, y le impedía darse la vuelta y regresar a la seguridad de su hogar.
Cuando estaba a mitad de camino, oyó un
grito que confirmó sus sospechas.
– ¡Esta no es una noche como las demás! – Susurró
–. Permaneció unos minutos atornillado al piso, sin dar un sólo paso. Estaba
tratando de descubrir si ese grito era real, y de serlo de donde provenía y
cuál era la causa del mismo. Sintió un leve alivio cuando se dio cuenta que
mientras había ocupado su mente en ese grito, ya no se había oído otro.
– Fuere lo que fuere, ya ha pasado… – pensó
–.
Al retomar su marcha oyó por segunda vez el
sonido terrorífico de antes, esta vez mucho más cerca. Esto hizo que su cuerpo
girara en círculos, buscando el origen de tan funesto sonido.
No alcanzó a percibir nada a pesar de tener
una vista privilegiada; estaba todo demasiado oscuro. Continuó caminando en la
dirección inicial, ya que tenía el extraño presentimiento que se trataba de una
fatalidad que debía enfrentar y que el acontecimiento misterioso pronto se
revelaría ante sus ojos.
¡Tal como lo había pensado! Unos pasos más
adelante sus ojos contaron con la luz suficiente para distinguir dos figuras
que distaban unos 50 metros desde donde se encontraba. Agilizó su paso hacia las
siluetas develadas, con una mezcla de temor y de enfermiza curiosidad. Poco más
adelante se dio cuenta que se trataba de un delito. Se trataba de una mujer, que
forcejeaba desesperadamente con un hombre en su intento por lograr escapar.
Diosel comenzó a correr tímidamente,
pretendiendo sumar valentía en cada paso. Mientras corría descubrió un palo que
descansaba a un borde del camino. Se detuvo por un momento para tomar el
madero, sabiendo que esto le daría una mayor probabilidad de salir vivo de esta
encrucijada. Retomó su carrera, esta vez con mayor premura y seguridad.
Extrañamente, su corazón se llenó de una bravura indecible. El hecho de saberse
corriendo hacia el peligro empuñando un garrote le hizo sentir por unos
segundos que era un guerrero invencible. Este coraje fue tan efímero como el
tiempo que le llevó recorrer esos 50 metros. En efecto, cuando llegó a destino
se detuvo súbitamente, y permaneció estático, sin pensar, sin actuar.
Simplemente observando.
El hombre se encontraba de espaldas, inmutable
ante su presencia; continuaba agrediendo despiadadamente a su víctima. Diosel
pensó entonces que aún tenía posibilidad de huir, ya que era probable que el
agresor no hubiese advertido su presencia hasta el momento. Repentinamente la
esperanza de una segunda opción se desvaneció, cuándo el hombre dejó a la mujer
y se giró, enfrentando al joven. De pronto sintió que lo rodeaba una coraza de
plomo, era incapaz de defenderse y mucho menos de atacar. En ese momento pensó
que vería su muerte como en una película de terror, sin poder hacer nada por
evitarlo ¡Pero esto no era una película! Era la realidad, la cruel realidad. Al
menos eso parecía.
Cuando el rostro del hombre se iluminó
escasamente, la situación distaba mucho de mejorar. Era un rostro poco común, de
esos que uno nunca había visto antes y por otra parte no quisiera volver a ver.
De rasgos dilatados, e interminables líneas de expresión que recorrían sus
mejillas y terminaban en el borde de sus ojos. La sonrisa siniestra que
ostentaba, se encargaba de darle forma a todo el oscuro paisaje de su rostro.
Era la sonrisa de quien no tiene nada que perder, de quien sólo se satisface
haciendo el mal, sin importarle si por esa razón era encarcelado, golpeado o
incluso asesinado. Estaba dispuesto a pagar cualquier precio con tal de regodearse
en un segundo de extremo sufrimiento y miseria humana.
De repente, el miedo que sentía hizo que su
mente diera un giro caprichoso. En ese instante recordó a Martha, su madre.
Mientras lo hacía pensó que no podría haber un momento menos oportuno para
pensar en su madre y más aún para ponerse sentimental. Sin embargo, por más
esfuerzo que hiciere, el recuerdo de su madre se intensificaba apresuradamente.
Veía imágenes fugaces de ella cuando era joven, y cuando él era apenas un
pequeño. Eran visiones mudas, que desfilaban frente a sus ojos sin algún
sentido lógico. Pero todo cambió de repente cuando el movimiento de los labios
de su madre comenzó a interpretar una antigua oración. Se trataba de la Amidah. Era una oración hebrea milenaria,
que Martha acostumbraba entonar junto al niño antes de dormir. Ella siempre le
rogaba que nunca la olvidara, y que la recitara siempre, ya que eran las
palabras más bellas que un hombre podía decirle a Dios.
En ese instante, Diosel comenzó a acompañar
con el canto al recuerdo de su madre:
– ¡Baruj ata Adonai eloheinu!
(Bendito eres Señor nuestro Dios),
¡Baruj ata eloheinu
avoteinu! (Bendito eres Dios de nuestros padres).
¡Ata gibor, ata mejayei
metim! (Tu eres poderoso y resucitas a los muertos).
¡Ata Adonai rav lehoshia!
(Tu eres grande y salvador).
La joven observaba pasmada el espectáculo,
y a pesar de sentirse aliviada por un momento ante la intervención repentina
del muchacho, ahora pensaba que esto terminaría mal para ambos.
– ¡Bello questo pazzo che doveva salvarmi.
Mientras recitaba la oración, Diosel
permanecía abstraído completamente de cuánto lo rodeaba. Por un momento perdió
por completo el interés por el universo presente y se entregó por completo a las
revelaciones de aquel mundo paralelo, hasta ese momento desconocido.
De repente la melodía desapareció
abruptamente de su mente, como si hubiese olvidado las notas que formaban la
arcaica cadena musical. Este hecho provocó un sacudón de su parte consciente,
recordándole que su realidad terrena era diametralmente opuesta a aquella llena
de paz que acababa de vivir. Al abrir los ojos como los de un recién nacido,
comprendió que la cosa estaba jodida, muy
jodida. El hombre siniestro lo observaba imperturbable, con la sonrisa nauseabunda
que lo caracterizaba. La expresión del maldito denotaba completo desinterés por
las antífonas incomprensibles que el joven había recitado absorto en un éxtasis
teresiano. En ese preciso instante soltó una carcajada escondida, todo parecía
una broma.
Sin duda, la carcajada del hombre había
tenido un mayor impacto en Diosel, que su letanía
judía sobre este. En ese instante sintió un fuerte impulso de vomitar, pero
como siempre había hecho en momentos de apuro, tomó el toro por los cachos. Dio un paso adelante, avanzando con la
mirada dura, cargada de la furia que le provocaba la jactancia de su
victimario. Al notar que el joven había decidido enfrentarlo, el malviviente se
alzó en pie y avanzó, guiado por el rancio perfume de la tragedia. El joven
recobró rápidamente la templanza y se decidió por anticipar la acción de su oponente.
Pero éste fue más veloz de pensamiento y le lanzó una puñalada salvaje en el
rostro. Diosel reaccionó moviéndose hacia atrás y al hacerlo; la afilada punta
de la navaja apenas rozó su pómulo, produciéndole un corte poco profundo. Sin
embargo, la inclinación de la parte superior de su tronco le restó equilibrio,
por lo que comenzó a precipitarse al suelo. En ese instante, como por
iluminación divina dirigió un golpe de garrote fortísimo hacia el rostro del
agresor.
Cuando quiso acordar, se encontraba con el
rostro en el frio pavimento. Inmediatamente se levantó intentando retomar
posición ante un posible contraataque. Pero quedó perplejo al ver postrado en
tierra a quien hace un instante parecía inmune a cualquier daño o sufrimiento.
Su corazón se llenó de admiración por sí mismo y se paró en frente de la
muchacha ostentando una mueca fantoche a causa de su logro en combate. En ese
instante se percató de que la mujer estaba lejos de sentir admiración, su
rostro revelaba alivio por el momento y un leve indicio de compasión por el
joven.
Trató de aparentar naturalidad ante la
situación embarazosa y sin perder ese aire de héroe acartonado e infantil, se
inclinó sobre la mujer y le ofreció ayuda.
– ¿Stai bene? ¿Come ti chiami?
– Si, sto bene ¡Grazie a Dio! Sono
Francesca ¿e te?
– ¡Diosel, é un piacere!
Diosel la ayudó a levantarse, y cuando la
joven se restableció la observó de pies a cabeza, indagando con un entusiasmo por
demás inoportuno. Francesca lo notó y e intentó hacérselo saber arrojándole una
mirada ofuscada que el joven ni siquiera percibió. En ese instante Diosel
sintió un cosquilleo en su mejilla y al tocarse descubrió que la sangre estaba
brotando. La muchacha lo asistió enjugando la sangre con un pañuelo que sacó de
su bolso.
Luego de asegurarle que se trataba de un
rasguño, buscaron al maldito en el lugar donde se había desplomado luego del
golpe. Pero para sorpresa de ambos ya no estaba. Los dos giraron en círculos,
buscándolo en las calles; con la certeza tácita de que no se trataba de un simple
loco.
Luego de registrar todo el entorno se
acercaron al lugar donde había caído. En el sitio había un sobre maltrecho por
el tiempo. Ninguno de los dos se atrevía a levantarlo, como si se tratase de
una maldición egipcia. Francesca lo miró a los ojos y le hizo un gesto con la
cabeza, invitándolo a recoger el sobre. Diosel le respondió con una mueca
burlona, como diciendo: “gracias por la
ayuda”. Luego dirigió la mirada hacia objeto tramado, y se inclinó para recogerlo, ahogado en la misma fatalidad
que lo trajo hasta ese momento y ese lugar.
¡Bum, bum, bum! Sonó la puerta por segunda
vez. Era Francisco, que luego de esperar mucho más de lo habitual decidió
repetir el llamado con mayor violencia.
El estruendo producido por el yunque que cargaba
por brazo su amigo, no logró reventar la burbuja en la que se encontraba. Por
el contrario, lo estacionó en una especie de trance dual; donde el mundo real y
el imaginario se entremezclaban formando un híbrido que lo hizo sentir como en
aquel día cuándo siendo joven había fumado mariguana por primera y única vez.
Detestaba ese estado, ya que sentía que perdía por completo el control de la
situación y se convertía por un momento en un niño capaz de hacer las cosas más
absurdas del mundo.
Cuándo abrió el sobre amarillento, éste
comenzó a crujir como la cáscara de un huevo al abrirlo. Dentro había una foto
muy vieja, pero conservada en impecable estado. La imagen en blanco y negro retrataba
una mujer muy joven, que estando de pie sostenía una vasija de fina porcelana
al costado de una mesa. Si bien la joven no carecía en absoluto de belleza, su
rostro manifestaba la tristeza de una mujer curtida y no la frescura de una
adolescente. Ambos la observaron pretendiendo desentrañar el origen de aquella
foto y de aquella misteriosa muchacha. Se miraron a los ojos y con chistosa
sincronía alzaron los hombros en señal de incógnita. Diosel guardó la foto en
el sobre y este en el bolsillo de su camisa.
– Es mejor que nos vayamos, quien sabe si
vuelva y esta vez no tenga la misma suerte ¡Eh, quiero decir la misma fuerza
para golpearlo! Dijo Diosel, sin lograr evitar sonrojarse.
– ¡Si, vamos! Tienes razón, la suerte no
golpea dos veces la misma puerta. Susurró Francesca, haciendo leña del árbol
caído.
Se marcharon juntos aquella noche, y a
pesar de que lo sucedido durante y luego del encuentro con el personaje
siniestro marcaría la vida de ambos, nunca quisieron volver a verse.


