jueves, 15 de septiembre de 2011

Diosel y el Diablo






Diosel abrió sus ojos, como todos los días, lo hizo como un proceso natural, como si un ángel lo hubiera rozado con un ala, dejando la sala antes de que él despertara. Permaneció unos minutos inmóvil, mirando el cielorraso que cubría su modesto hogar. El hecho de estar sosegado en la cama y de la quietud, que era interrumpida únicamente por su profunda respiración, lo obligaba a pensar en retirarse, en dejar todo de una vez por todas. Este pensamiento lo turbaba, no porque no supiera cómo hacerlo, sino porque no sabría cómo continuar viviendo si dejaba de hacer aquello para lo que había nacido. Esa era su misión, desde siempre, era un héroe y no podía dejar de serlo.
Mientras meditaba, el crujido de la mesa que se encontraba al costado de su cama llamó su atención, y él aprovechó la situación para escapar al acoso de ese fantasma que lo atormentaba hace meses. Alzó su brazo para tomar el reloj que estaba al alcance de su mano, sobre un mueble viejo. Eran las 6 PM. Decidió abandonar su lecho y descubrió su cuerpo de las mantas que cortaban el frio que invadía la habitación.
Era una tarde helada, de esas que acobardaban a los débiles, pensó. Se alzó en pie y se dirigió lentamente hacia el armario. Abrió una pequeña puerta y sacó una botella de aguardiente. Era un regalo de un amigo suyo, Francisco. Él le proveía una botella todos los meses, en señal de gratitud por haberle salvado la vida en una ocasión y sabía que a Diosel le ayudaba a sacudirse el frío en tardes como estas.
Mientras llevaba la pequeña copa hacia sus labios, recordó a su esposa. Cuando estaba viva ella renegaba de ese hábito y le decía que el alcohol era como una ruleta rusa; nunca se sabía cuándo una pequeña copa podría quitarle la vida. El recuerdo de su esposa produjo un sabor agridulce al tragar la bebida.
- ¡Carmencita, si es una ruleta rusa, al menos en este juego he tenido mucha suerte! Respondió murmurando, como lo hacía siempre cuando ella estaba.
Diosel tenía unos 75 años, ostentaba una presencia imponente, y a pesar de su edad transmitía una fortaleza increíble. Era un hombre alto, de un metro ochenta y cinco centímetros. Si bien era bastante delgado, su cuerpo tenía una contextura fuerte y sólida.
Su rostro era blanco, casi pálido. Unas ojeras hinchadas y bien definidas, enmarcaban sus grandes y cansados ojos, de un azul intenso. Al contemplar ese azul tan puro, tan nuevo; uno lograba abstraerse del resto y juraría estar frente a un joven de veinte años, lleno de vida impetuosa. Su cabello era de un gris blancuzco al igual que su barba gruesa y tupida. Cada semana se retocaba la barba, dándole una forma puntiaguda en la zona del mentón. Esto lo investía de una autoridad griega, sabia y milenaria. Al verlo caminando, vestido con su traje y su boina de estilo vasco; generaba una sensación única. Nadie pasaba por su lado sin si quiera mirarlo una vez. Muchas veces, las personas permanecían varios segundos observándolo, pretendiendo desentrañar el misterio que este personaje tan extraño llevaba consigo. Nadie lo lograba.
Aún sentía el líquido quemando su glotis, cuando posó la pequeña copa sobre la mesa, junto a la botella. Entró al baño y se lavó el rostro con el agua helada que brotaba del grifo. Se colocó la toalla sobre el rostro por un momento, prolongando unos segundos más el descanso que había tomado y del cual, al parecer, todavía no había despertado totalmente. Luego se aplicó cuidadosamente la espuma sobre el rostro y con una navaja perfectamente afilada, comenzó a retocar su barba devolviéndole la pulcritud habitual. El silencio en la pequeña habitación lo obligaba a oír cada pequeño detalle. La cuchilla simulaba el sonido del corte de una espada que arrasaba con todos los cabellos nacientes como si fuesen soldados devastados, cercenados con implacable precisión. Diosel continuaba rasurándose con una cadencia ritual, como si estuviese tocando el violín.
Francisco sacudió la puerta con excesiva vehemencia, como siempre lo hacía ¡Bum, bum, bum! Sin duda el peso de sus brazos extremadamente robustos, le impedían llamar a la puerta con delicadeza, como Diosel se lo había solicitado incontables veces. El potente estruendo fue tan inesperado e inoportuno que desvió el curso normal de la afilada navaja, produciéndole un corte en el pómulo izquierdo. No tomó la toalla para impedir la hemorragia; por el contrario, permaneció inmóvil ante el espejo, observando con exasperante calma el desafortunado espectáculo. La sangre brotó lentamente y descendió hasta llegar a la línea tupida de cabellos blancos, donde detuvo su marcha vertiginosa. La sangre penetró en su barba y se propagó en forma de bocanada, como si hubiese caído sobre un montículo de blanca nieve. El hecho de estar de frente al espejo observando cómo la sangre trazaba un surco definido en su rostro lo transportó al pasado; a aquella noche en la cual todo comenzó. El recuerdo de esa noche permanecía intacto en su memoria, sin embargo, había sido impreso en su mente de una manera tan misteriosa y trascendental, que no le permitía afirmar si esa noche había existido realmente. Sin ninguna prueba en su poder – salvo la pequeña cicatriz en su rostro, que con el paso del tiempo se había tornado casi imperceptible –  Diosel había decidido arbitrariamente que todo aquello había sucedido.
Fue la noche del 24 de marzo de 1956. Diosel era un joven de veinte años, lleno de entusiasmo por la vida, con una carrera diplomática por delante. Se encontraba en Roma Su padre era diplomático y estaban ahí por su trabajo. Antes de dejar el lujoso apartamento, el joven avisó a su padre con un grito falto de interés por la respuesta:
– ¡Papa, me voy, vuelvo tarde!
Extrañamente, su padre contestó a su aviso, con un inusual tono inquisidor.
– ¿Adónde vas hijo, a qué hora regresas?
El joven alzó los ojos al cielo, en señal de fastidio y suspiró amargamente por tener que dar explicaciones a su edad. Decidió responder sin decir realmente nada. Sólo para sentir la reconfortante sensación de que había burlado la autoridad de su padre.
Francisco no volvió a llamar a la puerta, sin embargo, Diosel sabía que él permanecía allí. Su obeso amigo sabía que el viejo abría la puerta cuando decidía hacerlo y no como consecuencia del llamado.
Con una sonrisa maquiavélica en los labios, se decidió a partir. Tocó la mezuzá que su madre había colocado en el marco de la puerta, el día mismo en que habían llegado a ese lugar. Martha, su madre, era una de esas alemanas de origen judío de un gran fervor. Aunque su padre, Joseph era católico; Diosel siempre había sentido atracción por el credo materno, tenía en su alma todas las semillas espirituales que su madre había sembrado asiduamente a través del amor y la oración. Martha había muerto cuando cuándo Diosel era apenas un niño, dejando un recuerdo vago y efímero en la mente del joven. Sin embargo, siempre había sentido un gran amor por su madre y todos los días hacía cosas que regrababan su presencia en el cúmulo de los recuerdos.
Afuera estaba oscuro y melancólico como siempre. Ese era el paisaje nocturno que caracterizaba a esa ciudad. La noche parecía tomar control de cada recoveco existente en las calles. Daba la sensación de ser absorbido por las tinieblas. El ambiente era similar a bajar a un sótano completamente oscuro y mudo; habitado por numerosos seres, quienes delataban su existencia por la única razón de producir ruidos; consecuentes con la intromisión de un personaje indeseado en su mundo negro y agónico.
Era una de esas noches gélidas, de esas que acobardaban a los viejos, pensó el joven. Se ajustó con fuerza el abrigo a su pecho, para producir la sensación de estar protegido contra el frío, contra la noche y sus trampas. Cruzó la avenida principal que lindaba el apartamento con rapidez, lanzando fugaces miradas a través del recodo de sus ojos para cerciorarse de estar tan sólo como lo percibía. Luego de caminar durante diez minutos, sintió que sus manos comenzaban a helarse, pero no quiso meterlas en los bolsillos de su gabán. Prefería dejar sus puños por fuera, en caso de que existiera la necesidad de usarlos. La realidad es que sentía un gran temor, y el hecho de pensar que podía defenderse, le otorgaba cierta seguridad a su andar, y le impedía darse la vuelta y regresar a la seguridad de su hogar.
Cuando estaba a mitad de camino, oyó un grito que confirmó sus sospechas.
– ¡Esta no es una noche como las demás! – Susurró –. Permaneció unos minutos atornillado al piso, sin dar un sólo paso. Estaba tratando de descubrir si ese grito era real, y de serlo de donde provenía y cuál era la causa del mismo. Sintió un leve alivio cuando se dio cuenta que mientras había ocupado su mente en ese grito, ya no se había oído otro.
– Fuere lo que fuere, ya ha pasado… – pensó –.
Al retomar su marcha oyó por segunda vez el sonido terrorífico de antes, esta vez mucho más cerca. Esto hizo que su cuerpo girara en círculos, buscando el origen de tan funesto sonido.
No alcanzó a percibir nada a pesar de tener una vista privilegiada; estaba todo demasiado oscuro. Continuó caminando en la dirección inicial, ya que tenía el extraño presentimiento que se trataba de una fatalidad que debía enfrentar y que el acontecimiento misterioso pronto se revelaría ante sus ojos.
¡Tal como lo había pensado! Unos pasos más adelante sus ojos contaron con la luz suficiente para distinguir dos figuras que distaban unos 50 metros desde donde se encontraba. Agilizó su paso hacia las siluetas develadas, con una mezcla de temor y de enfermiza curiosidad. Poco más adelante se dio cuenta que se trataba de un delito. Se trataba de una mujer, que forcejeaba desesperadamente con un hombre en su intento por lograr escapar.
Diosel comenzó a correr tímidamente, pretendiendo sumar valentía en cada paso. Mientras corría descubrió un palo que descansaba a un borde del camino. Se detuvo por un momento para tomar el madero, sabiendo que esto le daría una mayor probabilidad de salir vivo de esta encrucijada. Retomó su carrera, esta vez con mayor premura y seguridad. Extrañamente, su corazón se llenó de una bravura indecible. El hecho de saberse corriendo hacia el peligro empuñando un garrote le hizo sentir por unos segundos que era un guerrero invencible. Este coraje fue tan efímero como el tiempo que le llevó recorrer esos 50 metros. En efecto, cuando llegó a destino se detuvo súbitamente, y permaneció estático, sin pensar, sin actuar. Simplemente observando.
El hombre se encontraba de espaldas, inmutable ante su presencia; continuaba agrediendo despiadadamente a su víctima. Diosel pensó entonces que aún tenía posibilidad de huir, ya que era probable que el agresor no hubiese advertido su presencia hasta el momento. Repentinamente la esperanza de una segunda opción se desvaneció, cuándo el hombre dejó a la mujer y se giró, enfrentando al joven. De pronto sintió que lo rodeaba una coraza de plomo, era incapaz de defenderse y mucho menos de atacar. En ese momento pensó que vería su muerte como en una película de terror, sin poder hacer nada por evitarlo ¡Pero esto no era una película! Era la realidad, la cruel realidad. Al menos eso parecía.
Cuando el rostro del hombre se iluminó escasamente, la situación distaba mucho de mejorar. Era un rostro poco común, de esos que uno nunca había visto antes y por otra parte no quisiera volver a ver. De rasgos dilatados, e interminables líneas de expresión que recorrían sus mejillas y terminaban en el borde de sus ojos. La sonrisa siniestra que ostentaba, se encargaba de darle forma a todo el oscuro paisaje de su rostro. Era la sonrisa de quien no tiene nada que perder, de quien sólo se satisface haciendo el mal, sin importarle si por esa razón era encarcelado, golpeado o incluso asesinado. Estaba dispuesto a pagar cualquier precio con tal de regodearse en un segundo de extremo sufrimiento y miseria humana.
De repente, el miedo que sentía hizo que su mente diera un giro caprichoso. En ese instante recordó a Martha, su madre. Mientras lo hacía pensó que no podría haber un momento menos oportuno para pensar en su madre y más aún para ponerse sentimental. Sin embargo, por más esfuerzo que hiciere, el recuerdo de su madre se intensificaba apresuradamente. Veía imágenes fugaces de ella cuando era joven, y cuando él era apenas un pequeño. Eran visiones mudas, que desfilaban frente a sus ojos sin algún sentido lógico. Pero todo cambió de repente cuando el movimiento de los labios de su madre comenzó a interpretar una antigua oración. Se trataba de la Amidah. Era una oración hebrea milenaria, que Martha acostumbraba entonar junto al niño antes de dormir. Ella siempre le rogaba que nunca la olvidara, y que la recitara siempre, ya que eran las palabras más bellas que un hombre podía decirle a Dios.
En ese instante, Diosel comenzó a acompañar con el canto al recuerdo de su madre:

¡Baruj ata Adonai eloheinu! (Bendito eres Señor nuestro Dios),
¡Baruj ata eloheinu avoteinu! (Bendito eres Dios de nuestros padres).
¡Ata gibor, ata mejayei metim! (Tu eres poderoso y resucitas a los muertos).
¡Ata Adonai rav lehoshia! (Tu eres grande y salvador).

La joven observaba pasmada el espectáculo, y a pesar de sentirse aliviada por un momento ante la intervención repentina del muchacho, ahora pensaba que esto terminaría mal para ambos.
– ¡Bello questo pazzo che doveva salvarmi.
Mientras recitaba la oración, Diosel permanecía abstraído completamente de cuánto lo rodeaba. Por un momento perdió por completo el interés por el universo presente y se entregó por completo a las revelaciones de aquel mundo paralelo, hasta ese momento desconocido.
De repente la melodía desapareció abruptamente de su mente, como si hubiese olvidado las notas que formaban la arcaica cadena musical. Este hecho provocó un sacudón de su parte consciente, recordándole que su realidad terrena era diametralmente opuesta a aquella llena de paz que acababa de vivir. Al abrir los ojos como los de un recién nacido, comprendió que la cosa estaba jodida, muy jodida. El hombre siniestro lo observaba imperturbable, con la sonrisa nauseabunda que lo caracterizaba. La expresión del maldito denotaba completo desinterés por las antífonas incomprensibles que el joven había recitado absorto en un éxtasis teresiano. En ese preciso instante soltó una carcajada escondida, todo parecía una broma.
Sin duda, la carcajada del hombre había tenido un mayor impacto en Diosel, que su letanía judía sobre este. En ese instante sintió un fuerte impulso de vomitar, pero como siempre había hecho en momentos de apuro, tomó el toro por los cachos. Dio un paso adelante, avanzando con la mirada dura, cargada de la furia que le provocaba la jactancia de su victimario. Al notar que el joven había decidido enfrentarlo, el malviviente se alzó en pie y avanzó, guiado por el rancio perfume de la tragedia. El joven recobró rápidamente la templanza y se decidió por anticipar la acción de su oponente. Pero éste fue más veloz de pensamiento y le lanzó una puñalada salvaje en el rostro. Diosel reaccionó moviéndose hacia atrás y al hacerlo; la afilada punta de la navaja apenas rozó su pómulo, produciéndole un corte poco profundo. Sin embargo, la inclinación de la parte superior de su tronco le restó equilibrio, por lo que comenzó a precipitarse al suelo. En ese instante, como por iluminación divina dirigió un golpe de garrote fortísimo hacia el rostro del agresor.
Cuando quiso acordar, se encontraba con el rostro en el frio pavimento. Inmediatamente se levantó intentando retomar posición ante un posible contraataque. Pero quedó perplejo al ver postrado en tierra a quien hace un instante parecía inmune a cualquier daño o sufrimiento. Su corazón se llenó de admiración por sí mismo y se paró en frente de la muchacha ostentando una mueca fantoche a causa de su logro en combate. En ese instante se percató de que la mujer estaba lejos de sentir admiración, su rostro revelaba alivio por el momento y un leve indicio de compasión por el joven.
Trató de aparentar naturalidad ante la situación embarazosa y sin perder ese aire de héroe acartonado e infantil, se inclinó sobre la mujer y le ofreció ayuda.
– ¿Stai bene? ¿Come ti chiami?
– Si, sto bene ¡Grazie a Dio! Sono Francesca ¿e te?
– ¡Diosel, é un piacere!
Diosel la ayudó a levantarse, y cuando la joven se restableció la observó de pies a cabeza, indagando con un entusiasmo por demás inoportuno. Francesca lo notó y e intentó hacérselo saber arrojándole una mirada ofuscada que el joven ni siquiera percibió. En ese instante Diosel sintió un cosquilleo en su mejilla y al tocarse descubrió que la sangre estaba brotando. La muchacha lo asistió enjugando la sangre con un pañuelo que sacó de su bolso.
Luego de asegurarle que se trataba de un rasguño, buscaron al maldito en el lugar donde se había desplomado luego del golpe. Pero para sorpresa de ambos ya no estaba. Los dos giraron en círculos, buscándolo en las calles; con la certeza tácita de que no se trataba de un simple loco.
Luego de registrar todo el entorno se acercaron al lugar donde había caído. En el sitio había un sobre maltrecho por el tiempo. Ninguno de los dos se atrevía a levantarlo, como si se tratase de una maldición egipcia. Francesca lo miró a los ojos y le hizo un gesto con la cabeza, invitándolo a recoger el sobre. Diosel le respondió con una mueca burlona, como diciendo: “gracias por la ayuda”. Luego dirigió la mirada hacia objeto tramado, y se inclinó para recogerlo, ahogado en la misma fatalidad que lo trajo hasta ese momento y ese lugar.
¡Bum, bum, bum! Sonó la puerta por segunda vez. Era Francisco, que luego de esperar mucho más de lo habitual decidió repetir el llamado con mayor violencia.
El estruendo producido por el yunque que cargaba por brazo su amigo, no logró reventar la burbuja en la que se encontraba. Por el contrario, lo estacionó en una especie de trance dual; donde el mundo real y el imaginario se entremezclaban formando un híbrido que lo hizo sentir como en aquel día cuándo siendo joven había fumado mariguana por primera y única vez. Detestaba ese estado, ya que sentía que perdía por completo el control de la situación y se convertía por un momento en un niño capaz de hacer las cosas más absurdas del mundo.
Cuándo abrió el sobre amarillento, éste comenzó a crujir como la cáscara de un huevo al abrirlo. Dentro había una foto muy vieja, pero conservada en impecable estado. La imagen en blanco y negro retrataba una mujer muy joven, que estando de pie sostenía una vasija de fina porcelana al costado de una mesa. Si bien la joven no carecía en absoluto de belleza, su rostro manifestaba la tristeza de una mujer curtida y no la frescura de una adolescente. Ambos la observaron pretendiendo desentrañar el origen de aquella foto y de aquella misteriosa muchacha. Se miraron a los ojos y con chistosa sincronía alzaron los hombros en señal de incógnita. Diosel guardó la foto en el sobre y este en el bolsillo de su camisa.
– Es mejor que nos vayamos, quien sabe si vuelva y esta vez no tenga la misma suerte ¡Eh, quiero decir la misma fuerza para golpearlo! Dijo Diosel, sin lograr evitar sonrojarse.
– ¡Si, vamos! Tienes razón, la suerte no golpea dos veces la misma puerta. Susurró Francesca, haciendo leña del árbol caído.

Se marcharon juntos aquella noche, y a pesar de que lo sucedido durante y luego del encuentro con el personaje siniestro marcaría la vida de ambos, nunca quisieron volver a verse.

Ariel Paul

martes, 6 de septiembre de 2011

BANCO DE LA REPÚBLICA MANTIENE INALTERADA LA TASA DE INTERÉS DE INTERVENCIÓN

El pasado 19 de Agosto, la Junta Directiva del Banco de la República tomó la decisión de mantener inalterada la tasa de interés de intervención en 4,5%; luego de de mantener un aumento de 25 puntos básicos por cinco meses consecutivos. Esta decisión, fue tomada luego de que la agencia calificadora Standard & Poor's decidiera rebajar la calificación de la deuda soberana estadounidense, lo que produjo un impacto negativo en los mercados bursátiles internacionales, y una desconfianza de los inversionistas por temor a una nueva crisis mundial. Conjuntamente, la economía mundial ha revelado una desaceleración durante el segundo trimestre del año[1].

Al respecto, el Gerente del Banco, señaló que “el aumento de la incertidumbre de los mercados financieros internacionales y su posible efecto en el crecimiento de la economía mundial, fue un elemento clave para dejar quieta la tasa”[2].

De acuerdo con los analistas del Banco, los indicadores de actividad económica confirman que la economía colombiana mantiene un buen ritmo de crecimiento, impulsada principalmente por el consumo de créditos de hogares. Sin obviar que los indicadores de confianza de los consumidores y de la industria, continúan en niveles elevados. Si bien este crecimiento económico ha provocado una leve alza en el índice de inflación en los últimos meses, ha sido controlada por el Banco de la República mediante el aumento sistemático de la tasa de intervención, manteniéndola dentro del rango meta de inflación (de 2% a 4%)[3].

Sin embargo, debido a la situación de desconfianza e incertidumbre, la Junta del Banco de la República decidió mantener la tasa de interés para este mes. Proporcionándole, de esta manera un matiz expansionista a la economía del país. Teniendo en cuenta que de materializarse  una crisis, que por ahora responde sobre todo a factores de especulación e incertidumbre; se produciría un estancamiento económico global, afectando a las economías de Asia, Europa y América Latina, principalmente.

Nouriel Roubini, uno de los principales economistas del mundo, reconocido por lograr predecir la crisis hipotecaria en EEUU, sostiene que existe más del 50% de probabilidad de que la economía mundial se sumerja una vez más en una crisis, debido a la incesante necesidad de inyección monetaria por parte de  los gobiernos para apalancar las economías nacionales, como se observa en Europa y EEUU, principalmente. Esto conlleva a un fuerte endeudamiento público y privado, lo que reduce la capacidad de pago de los países, afectando de esta manera, la confianza de los inversionistas y el dinamismo económico internacional[4]. 

Si bien la evaluación de la decisión de la Junta Directiva del Banco de la República es extremadamente compleja, debido a que, como se mencionó anteriormente, se trata de una decisión de carácter preventivo, basada en especulaciones sobre una posible crisis; es oportuno señalar que se trata de una medida coherente, fundamentada en la situación económica interna, vista desde una perspectiva macroeconómica.

De acuerdo con esta visión, la medida de mantener estable la tasa de intervención no generaría un gran impacto en el índice de precios al consumidor (IPC), ya que se observa una contracción de las principales economías en el mundo; lo que impactaría en la economía nacional, actuando como freno de un posible crecimiento excesivo. Evitando, de esta manera, una disminución abrupta de la demanda agregada y del consumo interno. Controlando la inflación de manera natural[5] por el impacto de los factores externos. Si bien es una medida que de mantenerse en el tiempo tendría un impacto significativo en la inflación, en el corto plazo no presentaría mayores dificultades. De esta manera se entiende como una medida prudencial por parte de la Entidad.

Es importante considerar que esta decisión no es la última palabra del Banco, pues existe una gran incertidumbre sobre lo que pueda suceder en los próximos meses. De acuerdo con esto, el emisor ha prometido hacer un cuidadoso seguimiento a las proyecciones de la inflación, así como de los factores externos, que determinarán sus futuras decisiones de política monetaria, con efectos a largo plazo. Sostenemos por lo tanto, que la mejor forma de garantizar la estabilidad económica en Colombia es Mantener la tasa de intervención en un 4.5%  para el mes de agosto, y reevaluar esta política de acuerdo con el desarrollo del ambiente macroeconómico en los próximos meses.


[1] Algunos de los factores que han incidido en la desaceleración de la economía, según los comentarios del Banco Central, son los problemas de deuda soberana en Europa y el debate sobre el techo de endeudamiento en los Estados Unidos, los cuales han incrementado la incertidumbre y la volatilidad en los mercados financieros internacionales.

[2] Diario Portafolio, 19 de Agosto de 2011.
[3] Cfr.: “Informe sobre inflación”. En: www.banrep.gov.co, (Consulta: 24/08/11, 09:55).

[4] Cfr.: “Roubini afirma que el riesgo a una nueva recesión global es superior al 50 %”. En: www.mdzol.com, (Consulta: 24/08/11, 10:15).
[5] Es decir, sin la necesidad de la intervención del Banco en la tasa de interés.

domingo, 6 de marzo de 2011

La Ronda de Uruguay: “Buscando el crecimiento de la Gran Aldea”


La Ronda de Uruguay: “Buscando el crecimiento de la Gran Aldea

El proceso de liberalización de los mercados nunca resultó una simple tarea, y por momentos parecía una meta inalcanzable, un sueño que nunca tomaría la fisionomía propia de la realidad socio-económica internacional. 
Luego de realizarse ocho rondas de negociación con el principal objetivo de lograr la apertura incondicional de los mercados internacionales, se percibía una sensación de desilusión, una desilusión demasiado real, demasiado cruda. Finalmente el GATT, visto desde una perspectiva plana y errónea, parece haber querido luchar desde su nacimiento contra el principal anhelo del hombre, desde que éste existe: Lograr la propia subsistencia.
No se trata de cuántas rondas de negociación se organicen para lograr la apertura de los países a un comercio libre y más ecuánime, sino más bien de la mentalidad de los responsables de dicho proceso. La pobreza, y la indignante condición de desigualdad económica, social y cultural en la que viven hoy  la gran mayoría de los habitantes del planeta, indican que es necesario un cambio de mentalidad. Es necesario dejar de pensar de manera egoísta e individualista y comenzar a pensar de un modo más integrador, donde entendamos que la globalización no consta de un proceso en el cual intervienen los países donde las expectativas económicas son admirables, y donde el desarrollo es una realidad palpable. La globalización es un proceso de integración en el cual todos los países deben ser tomados en cuenta, sean estos llamados desarrollados o no. Se trata de integrar las fortalezas propias, potenciándolas; pero también consta de integrar las propias debilidades, tratando de disolverlas poco a poco. Éste es el verdadero espíritu del GATT, y este objetivo es pertinente con la situación por la que atraviesa el mundo.
Si los gobernantes de las naciones realmente creen que el libre comercio, aplicado de manera global y transparente[1], promueve las bases para construir un desarrollo de todos los países por igual, es necesario asimilar esta realidad y dejar de lado los intereses egoístas que benefician a una a sólo una de las partes, minando la propia estabilidad económica a largo plazo. Como ha sido demostrado innumerables veces el sistema económico mundial, tarde o temprano, pasa factura[2]. El principal argumento de los defensores del libre comercio se fundamenta en que si el mundo está íntimamente interconectado a nivel económico y financiero, es necesario garantizar un bienestar económico general, para poder augurar un desarrollo global e individual.
 Si pensamos en el mundo como aldea y en nuestro país como una casa podemos suponer que si queremos que en nuestra casa las cosas funcionen, debemos procurar que en nuestra aldea existan condiciones ecuánimes de bienestar, ya que todos los habitantes de la aldea están conectados entre sí, y el resultado de las acciones de cada uno de los habitantes influye en la situación de los demás habitantes de manera determinante.
Del mismo modo es de gran importancia comprender el beneficio global de procurar el bienestar y el desarrollo de toda la estructura económica internacional, logrando así la estabilidad económica perdurable, en beneficio de toda la “aldea global”.



[1] El principio de la globalidad y de la transparencia en las relaciones comerciales fueron los que rigieron la fundamentación de la Ronda de Uruguay (1986-1993). Cfr.: Delfo Tomislav Gastelo Miskulin, “Ronda de negociación de Uruguay”.
[2] Entre los muchos casos podemos citar la gran depresión de 1929, El efecto Tequila (1994), la gran crisis financiera internacional (2008). La globalización, como se dijo anteriormente, no sólo expande y potencia las fortalezas, sino también las crisis y las depresiones económicas.